El amor a la vida
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Valorar y amar todo lo que nuestra existencia nos ofrece, nos obliga a querer vivir por siempre
Una persona que ama y disfruta a sus seres queridos, difícilmente tendrá tendencias suicidas.

Cada vez escuchamos con mayor frecuencia en las noticias y leemos en las revistas médicas que la tasa de suicidios va en aumento.
Esta sostenida tendencia “alcista” sacudió mis neuronas y puso en revolución mis sentimientos.
Me pregunte:“¿Tú que piensas del suicidio?”. El silencio inmediatamente me acompañó, ese cuestionamiento detuvo mi revolución sentimental y mis neuronas se rebelaron, quedaron “paralizadas”; en otras palabras, no se me ocurrió nada.
Cuando me percaté que el silencio ocupaba ahora el lugar de mis rápidas (no siempre acertadas) respuestas, me di cuenta que ésa era mi primera respuesta: Sobre la muerte por suicidio, no nos queda más que reflexionar sobre el sentido de la vida.

Requieren comprensión

¿Qué lleva al suicida quitarse la vida?, no lo sé, ni creo que exista “una explicación”.
Catalogar el suicidio como racional o irracional, o si es válido o no, son planteamientos que de ninguna manera tienen una respuesta simple.
Lo que sí me quedó claro fue que nuestra función como profesionales de la salud mental, es que la persona debe atender con profundo interés humano a sus seres queridos. ¿Por qué digo esto?
Porque la persona suicida necesita, por un lado, ser comprendida más allá del enjuiciamiento moral que le rodea.
Y por el otro, no podemos ocultarlo en el anonimato de las múltiples frías explicaciones científicas, algo debe hacer alguien con sus familiares y se me ocurrió que podría dedicarles algunas letras.
En el acto suicida convergen y chocan múltiples ideologías, que van desde la burda crítica -pasando por considerar al suicida como un enfermo psiquiátrico con múltiples denominaciones tales como depresivo, alcohólico, esquizofrénico, farmacodependiente, etc.- hasta considerar el suicidio como un martirio, una ofrenda de honor o un acto de heroísmo.

Intervienen afectos

Las explicaciones científicas tienen análisis muy diferentes y opuestos a las religiosas, por eso cada caso es único.
La única variable que hemos observado y que mantiene cierta constancia en la mayoría de las personas que se suicidan, es un trastorno ligado a los afectos, como son: Decepción, conflictos familiares, actitud sostenida de “derrota” ligada emocionalmente a no sentirse capaces, percibirse atrapado, “sin salida” asociado a la tendencia de desarrollar sentimientos de desesperanza, tristeza constante e impulsivilidad ante cualquier adversidad.
Sin embargo, les repito queridas lectoras y lectores, no en todos los casos estas actitudes estuvieron presentes.
El suicida puede ser una persona exitosa que en unos segundos decide acabar con su vida. Por lo tanto, lo central es la profunda reflexión sobre la fragilidad y al mismo tiempo la agresividad de nuestra condición humana.

La maravilla de vivir

Mi idea al abordar el tema del suicidio no es “embarullarme” con la muerte, a ésta mejor latengo a distancia como a la influenza, no es que la odie con odio chino, no tengo razón para hacerlo, si hasta ahorita en lo que llevo de vida “ella” no se ha metido para nada conmigo, ni tampoco, al menos que yo lo sepa, le he dado algún golpe bajo, más bien le he ahorrado trabajo.
Aunque reflexionándolo mejor, yo soy el que alguna vez, no intencionalmente, me he acercado a ella, y prudentemente “la dama fría” me ha dejado entender “calmado venado”, que todavía no te toca.
Así que en pocas y resumidas palabras, la “calaca” y yo estamos, como el virus AH1N1 de la influenza, higiénicamente a distancia y en paz.
Más bien estoy interesado en abordar la maravillosa experiencia de vivir, de la extraordinaria luz que ilumina la vida , de respirar el aire fresco del mar, de la belleza de las benditas plantas, de la sonrisa de los niños, del inigualable espectáculo que nos pone a vibrar cuando contemplamos el rostro de una mujer alegre, de las cálidas y ardientes caricias de ellas, de todas “las primeras veces” y de todas las “subsecuentes veces”, de todas las experiencias que hemos acumulado en ese enorme baúl de recuerdos que vamos siendo y que nos remontan en viajes instantáneos, gratuitos, sin
tapabocas, retenes ni filas, a los encuentros de todo tipo, difíciles, aburridos, dolorosos, los cuales irremediablemente al final, tal como si fueran un rival del América jugando en el Azteca, siempre le “tupen parejo” los ratos bonitos y alegres a los malosos e indeseables recuerdos.

Responsables de nuestra vida

La naturaleza nos ofrece de más, los bellos instantes que desconocemos. La vida, que no es otra que la nuestra, es la que nos sumerge en la naturaleza, es la vida y vale la pena repetirlo, somos nosotros mismos, los que nos encargamos de descubrirlos o inventarlos, ella es la que con un simple movimiento, en un instante, haciendo a un lado unos laureles, nos puso frente a una hermosa mujer de bellos ojos.
Es sólo la tierna caricia de una madre, la que aliviará en ese instante el sufrimiento de un bebé; sin embargo, ese momento será el bálsamo permanentemente de alivio del adulto.
Los misterios maravillosos o no de la naturaleza, nosotros vamos develándolos. Cualquier experiencia tiene su momento culminante, ése será nuestro instante trascendente.
¿Cómo nos damos cuenta de esos momentos? Cuando tomamos conciencia que somos nosotros quienes estamos viviendo nuestra vida, la vida es lo que nosotros hacemos, lo que proponemos a los demás, lo que seleccionamos, lo que atendemos, la manera como lo atendemos, cuando corregir no es tragedia, cuando aprender es excitante.
También podemos consumir nuestra vida quejándonos, culpando a los demás, preocupándonos innecesariamente por los otros, en esas circunstancias, el “continuo pesar” aparece, los instantes se diluyen, quedan envueltos en una sola categoría, la amargura, la rutina, el tedio.
Cuando desaparecen los instantes, cuando se pierde la noción de diferenciar entre la alegría y el pesar, cuando decimos o sentimos que las oportunidades están “en manos de los otros”, cuando rumiamos nuestros fracasos, cuando nuestro vivir es un continuo lamento, estamos peligrosamente alejándonos de la maravilla de vivir, es quizás entonces que aparece súbitamente “ese instante” que finalmente acabará con ese continuo pesar.
¿Qué maravilloso instante puede detener ese otro doloroso instante? Yo creo que la respuesta está en ese maravilloso invento que hemos hecho los seres humanos: El amor.
Gracias al amor transitamos en esta gran experiencia de vivir con sentido, dirección y aprecio, es el amor el que nos hace desear que la vida durara eternamente, es el amor el que nos enseña que tenemos una cita final, el acto culminante de nuestro recorrido y nos dice quedamente “pst, pst, pst… no la busques”.


 


DATOS DEL COLABORADOR
Dr. José Felipe Carrillo Martínez. Psicoterapeuta. Tel. 216-5654. e-mail: drjcarrillo@hotmail.com
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Gracias de nuevo por tus palabras, ojalá leas estas palabras, llenas mi corazón de alegría. Un enorme beso respetuoso a tu alma infinita y maravillosa
Fecha comentario: 2014-09-08 19:45:38
La vida es maravillosa, gracias por escribir tan bellas palabras.....
Fecha comentario: 2011-05-05 00:34:20
Comentario: