El ejemplo, la mejor persuasión
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Ser firme y congruente con las propias convicciones ayuda a lograr objetivos
Lo ideal es que las personas disfruten en verdad el dar amor a los demás

Una familia llega a un barrio donde recoger la basura es un acto raro. Si uno observa las calles es claro que nadie se preocupa por barrer el frente de su casa.
La mamá de esa familia, Doña Luz, acostumbra limpiar el patio y el frente de su casa. Lo hace con la misma naturalidad con que toma un vaso de agua para saciar la sed. Satisface sus necesidades personales sin pensar que tiene el propósito consciente de enseñar algo a alguien.
Así que ella todos los días “muy campante” barre, recoge la basura acumulada y la deposita en su tambo recolector.
Unas semanas después de hacerlo en forma constante, observa que una vecina también lo hace; ella, sin hacer ningún comentario, sigue barriendo; varias semanas después -para su beneplácito- observa que otras vecinas también lo hacen y no pasa mucho tiempo para que casi todas las vecinas estén involucradas en la limpieza del frente de su casas y, un buen día, por “ahí” una señora hace una colecta para comprar un tambo recolector de basura para todo el vecindario.
¿Qué sucedió en ese barrio?, ¿qué sucedió con Doña Luz? Hay múltiples explicaciones; lo trascendente es que ella mantuvo sus convicciones, que no podemos entenderlas más que irremediablemente pegadas a la manera sencilla de expresar su amor.
¿Cuál es el secreto de Doña Luz? La fórmula de esta admirable señora está en la ya famosa frase “ámate a ti mismo”.
Muchos dicen conocerla, pero no todos la comprenden y aún menos la ejercen. La mayoría considera que amarse a sí mismo es un acto egoísta, otros, los más “piadosos”, la conocen de memoria, platican con sus amigos y exclaman con singular euforia “¡ya lo sé!, ¡Es importantísimo amarse a uno mismo!, ya entendí que no es egoísmo, pero no sé otra manera ¿Qué puedo hacer?”
Argumentan que aman tanto a los demás, que “inexplicablemente” no dejan nada de amor para sí mismos. Las personas que no se aman, sencillamente no saben amar.
La ruta que conduce hacia aprender a amar pasa por múltiples estaciones, de las cuales tres son indispensables: La responsabilidad, el respeto y la alegría de dar.
1ª premisa: La firme convicción de ejercer nuestros valores tiene como principal destinatario a nosotros mismos. Doña Luz barría para sentirse bien, para ser congruente consigo misma.
2ª premisa: El encuentro con nuestras convicciones rebasa cualquier circunstancia; éstas son el reto o adversario que enfrenta a nuestros valores, no a las personas; Doña Luz no se adaptó al medio adverso del vecindario, por el contrario, trascendió a la adversidad.
3ª premisa: Doña Luz no pretendió dar lecciones a nadie, no traicionó sus valo res, hizo “campante y felizmente” lo que para ella era lo correcto.
¿Qué hubiera hecho Doña Angustias, que es de las personas “que se sacrifica” por amar a los demás y no amarse a sí misma?
Escenario 1: Imaginemos que Doña Angustias, en lugar de barrer únicamente el frente de su casa y dedicarse a convivir con sus seres queridos, trajera en su mente el pendiente de convencer a los demás de barrer la calle.
La convivencia con sus familiares sería pobre, no dormiría tranquilamente y un día se decidiría a visitar casa por casa para convencer a sus vecinos de la importancia de la limpieza, de las ventajas de la higiene y argumentos a favor de la salud, desde luego, muy justificados.
¿Lograría convencer a sus vecinos de que lo hicieran? Probablemente, algunos sí la escucharían; sin embargo, más de una persona se sentiría ofendida y haría comentarios como éste: “¿Pues quién se cree ésta?, ¿me está diciendo que soy ‘cochina’?”, “¿por qué me viene a decir lo que tengo que hacer?”, “primero debería atender a su familia”.
Como resultado probable, tendríamos que el vecindario se dividiría y, al tiempo, la basura seguiría ahí.
Pero Doña Angustias no se queda tranquila, cambia de estrategia: Escenario 2: Se pone a barrer el frente de las casas de toda la vecindad, más de dos personas dirían “¿Y ésta qué se trae?, seguramente es política y quiere algo de nosotras”. Alguna otra diría: “Déjala, si nos quiere barrer que lo siga haciendo, por mí mejor”. Lo que conseguiría es hacer dependiente de ella a toda la vecindad, ahora tendría la responsabilidad de barrer el vecindario sola todos los días.
Doña Angustias se preocuparía aún más, volvería a cambiar de estrategia: Escenario 3: Barre el frente de la casa de una vecina, después de hacerlo le toca la puerta y le dice llena de alegría que se encuentra muy feliz de haber hecho esa buena obra y que se la obsequia como muestra del amor que tiene por sus vecinos; la vecina, turbada ante tan extraño acontecimiento, en el mejor de los casos, le agradece su obra, se disculpa de mil y una formas porque no lo ha hecho a diario y le promete que lo hará todos los fines de semana, que es cuando tiene tiempo.
Los subsecuentes fines de semana sólo ocasionalmente la señora limpia el frente de su casa.
Conclusión, todas las estrategias fracasarían, ¿alguien de ustedes, queridos lectores y lectoras, le reprocharían tan nobles actos a la señora?
Todos, creo, estaríamos convencidos de las nobles intenciones de Doña Angustias, pero entonces, ¿cuál es la falla?
Una fundamental: Hacerlo para convencer a los demás; sus actos están dirigidos a que la vecindad quiera lo que ella quiere, se descuida a sí misma y, de paso, a su familia, lo único que consigue es vivir en angustia permanente.
Doña Angustias desconoce o no quiere aprender que los actos de amor son aleccionadores, son contagiosos, porque están inspirados por el gusto de dar, no por el sacrificio que pretende convencer.
Los actos de amor comparten la alegría de convivir, por eso los que saben amar aprecian los actos, escuchan y respetan a los demás, no se descuidan a sí mismos, viven con la sencillez de ofrecer su colaboración sincera hasta donde pueden, sin forzarse en nada, ni forzar a los otros, es por eso que se apartan de vivir en medio de las tormentas, que son resultado de imponer algo a alguien o de esperar que otros vengan y les resuelvan sus necesidades.
Lo que tardamos en comprender es que las circunstancias están siempre presentes; nosotros somos los que las percibimos como adversas o favorables.
Las circunstancias son el medio que nos rodea para buscar en el contexto en que vivimos nuestra armonía. Esperar que las circunstancias nos sean favorables para entonces decir que ahora sí podemos ejercer nuestros valores, es una pantomima desprovista de amor y dignidad.
En algunas personas, el sufrimiento y el sentimiento de impotencia se transforman en una especie de decadente sentido de superioridad sobre los demás.
De esta manera, el sufrimiento se convierte, paradójicamente, en un rasgo que se exhibe, orgullosamente, hasta convertirse en una clara manifestación de resistencia al cambio.
No como Doña Luz, quien amorosamente siguió la ruta de sus convicciones personales y tuvo éxito sin buscarlo.

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DATOS DEL COLABORADOR
Dr. José Felipe Carrillo Martínez. Psicoterapeuta. Tel. 216-5654. e-mail: drjcarrillo@hotmail.com
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