Aprenda a sentir
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En esta cultura que vivimos hoy en día, hemos perdido la capacidad de asombro
Lo que diferencia a las personas del resto de la animalidad es su sentir inteligente y cuando tratamos de “eliminar”, una de estas dos partes esenciales de lo humano, aparecen las enfermedades.

Tengo duda por dónde comenzar, si por un interesante documental que usted quizá vio por la tv sobre la fisiología cerebral o por Ismael.
Dicen que el orden de los factores no altera el producto, pero tengo dudas. Seguiré el camino de ambos para comentar lo que quiero tratar en estas letras: La pérdida de la sensibilidad humana.
Empiezo por Ismael: Él es una persona soltera, que frisa por los 50 años de edad, vive entre los extremos, en una temporada le da por ser santoclós, cuando desde su ventana, sonriente suena sus campanitas a todo el que pasa por su calle.
Enseguida, es una furia con aquel que se le ocurre estacionarse en la banqueta opuesta de su casa y más cuando hacen ruidos al descargar láminas de fierro y varillas que le llevan a un vecino quien hace carretillas y “diablitos” para carga.
Nuestro personaje, ya se lió a golpes con todo el vecindario y después de vencerlos les grita sandeces en ingles, para luego encerrarse en su casa.
Ahí, dicen sus vecinos que huele a bosque nórdico. Y ¿cómo huele por esas latitudes? le preguntó a Rafael una de sus últimas víctimas. A pura mota, responde.
Ahora sigo con el documental de televisión, que trataba sobre la neurofisiología del cerebro y en especial las funciones del sistema límbico o de las emociones.
Decía el comentarista que en los últimos cinco años, las neurociencias han sabido más del funcionamiento del cerebro que en todo el resto de la historia de la medicina.
Ahí comentaban cómo nuestro cerebro, se fue armando lentamente, siguiendo los saltos de la evolución de la vida sobre la tierra.
Por allá en aquellos inicios, esta vetusta estructura nerviosa, se fue equipando con los centros nerviosos más arcaicos para defender la vida, como los núcleos –homeostáticos- que equilibran el interior de la vida, con el medio externo.
Cerca de ahí se encuentra el centro del impulso sexual y por el mismo rumbo se localizan los distintos centros del sentir, los cuales automáticamente disparan sustancias químicas para que el animal ante un estímulo pueda tener el tono vital que su instinto necesita para responder al ataque, a la huida, al apareamiento.
Luego, millones de años después, en la vida animal fue apareciendo la corteza cerebral, hasta llegar a la humanidad.
De aquí este órgano se fue desarrollando hasta llegar al tamaño y forma actual, por tener un cuerpo con un sentir inteligente (lo negrito es mío).

Contra el miedo

El documental seguía. Ahora los neurofisiólogos conductistas de un laboratorio militar tratan de eliminar el miedo de los reclutas del ejército.
Ahí los someten a situaciones límites –les quitan el oxígeno debajo del agua- y, obviamente, esta estresante realidad, impacta en los nóveles soldados haciendo que su sistema límbico secrete toda una serie de susstancias que lo harán responder con temor ante esa angustiante situación.
Este temor sentido es el problema que desean eliminar.
Repiten y dificultan la prueba hasta que el guerrero aprende a eliminar las emociones de aquella asfixiante realidad. Y cuando vence aquel terror, el recluta avanza a la siguiente etapa. Ahora puede obedecer órdenes superiores.
Enseguida, los enseñan a visualizar con anterioridad el problema a enfrentar, para que de antemano busque y encuentre posibles soluciones.
El propósito, es que el combatiente funcione como una máquina de guerra.
Ciertamente, lo anterior es útil –y aparentemente inofensivo-, es más, en las grandes empresas del mundo, los empresarios siguen el anterior método, cuando entrenan a sus ejecutivos –de todos los mandos- para que salgan a conquistar las metas que exige el mercado de la competitividad. Esto es fabulos. La inteligencia estratégica, es el mando del mundo.
Luego aquellos doctos investigadores ya sabiendo “claramente” las funciones del sistema límbico o sistema nervioso emocional, van a las cárceles en busca de los grandes asesinos seriales para saber cómo funciona esta parte de su sistema nervioso.
Les practicaron estudios neuroquímicos. Los encontraron bajos. Los traían por los suelos. Enseguida indagaron sobre el tamaño de aquellos centros del sentir y descubrieron que las medidas de sus amígdalas cerebrales eran más pequeñas que lo esperado.
Además, la conducta de estas personas mostraba una actitud “plana” ante una realidad amorosa o temerosa. No expresaron miedo, ni arrepentimiento, se mostraron insensibles. Mataban… ¿por mata?

Congénito o aprendido

Aquí vino la pregunta. ¿La disminución del tamaño de las amígdalas y su escasa respuesta neuroquímica, era congénita o se redujo por el aprendizaje?
Claro, puede ser genética, en especial congénita y/o adquirida a través de infecciones, traumas. Pero también es cierto que tenemos una biología que nos da la capacidad de poder modificar por voluntad -o inconscientementela forma y función de nuestro cuerpo.
Es esta libertad la que nos permite ser los arquitectos de lo que queremos ser y en este querer ser, entra la cultura que horma –y deshorma- el cuerpo, en nuestro caso, las amígdalas cerebrales en algunos miembros de la sociedad.
Estamos viviendo en una cultura que enseña que estamos hechos de partes aisladas, en donde se pueden separar el sentir y el razonar sin que se afecte la salud de las personas.
Pero no es así. La ecuanimidad de la respuesta humana se da cuando existe integridad biológica entre los centros del sentir y el razonar.
Y cuando metódicamente nos quitan el sentir se nos aplana el cerebro todo y aparece la idiotez en sus diferentes grados de expresión.
Igual, si ejercitamos la razón “pura sin esbozo de emoción”, los sentidos se nos atrofian y se presenta la idiotez robótica
Ciertamente, lo que diferencia a las personas del resto de la animalidad es su sentir inteligente y cuando tratamos de “eliminar”, una de estas dos partes esenciales de lo humano, aparecen las enfermedades, físicas –las colitis y más “itis”- y mentales –el sin sentido y la sin razón;- y las patologías sociales, ¿cuáles?, usted es experto en vivirlas.

Fríos e insensibles

Permítame decir que la forma de cómo sentimos –respondemos- los humanos, es aprendida. Y estamos aprendiendo a no sentir.
Y ahí están los grandes capitanes de todas las industrias fríos e insensibles. También son parte de nosotros, los “pozoleros”; los matones y los que buscan la “paz” matando; los políticos. Aquí estamos, usted y yo, sin capacidad de asombro incorporando esta cultura, racionalista y sin sentido.
Cuando comenté este tema con José, me preguntó ¿Pa’, dónde está el equilibrio? Es la realidad, cada realidad, en la que nos encontramos la que nos da la respuesta.
En el acto amoroso, es la pasión la que comanda a la razón y será la razón la que guíe al sentir, para poder resolver aquella ecuación algebraica.
Decía Husserl “Hay que volver a las cosas mismas, al principio de todos los principios, y parafraseando a Zubiri diría: hay que sentir el problema para que la inteligencia busque las razones profundas que lo causan.
Se me olvidaba Ismael. Él se encuentra recibiendo mensualmente su cheque por ser un veterano de la guerra…
Pero: ¿De qué tamaño tendremos nuestras amígdalas cerebrales?

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DATOS DEL COLABORADOR
José Rentería Torres. Médico. Subcomisionado Médico de la Comisión de Arbitraje Médico del Estado de Sonora. joret@iteso.mx, jo_ret2004@yahoo.com.mx.
NOTA IMPORTANTE
El contenido de los textos publicados es responsabilidad de nuestros colaboradores, se ofrecen sólo como una guía informativa y nunca deben sustituir la consulta que usted debe hacer a su médico de confianza. No se auto medique, visite periódicamente a su médico. La opinión de nuestros colaboradores no refleja necesariamente nuestra opinión.
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