En paz con la vida
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Cuando llegamos al final del camino, sólo las huellas que dejamos marcarán nuestra permanencia en este mundo
De nosotros depende que nuestra ausencia sea sólo física y quedemos en la memoria y el corazón de los demás

Cuando un amigo se va, dice el cantor, deja un espacio vacío. Y ciertamente, no se puede ocupar el espacio de alguien, porque cada persona es única e irrepetible.
Pero hay un dicho que afirma que, “el tiempo lo borra todo”. Cierto. Pero cuando este alguien se va después de dejar una honda huella con su caminar, sus pisadas quedan, igual que los órganos de un donador, latiendo en la vida de quienes lo conocimos.
Ciertamente, cada persona con sus pasos va tejiendo su propia biografía, y con ella, junto con la de los demás andarines, se va –vamosconstruyendo la historia al andar.
Así, Bob o Roberto como a él le gustaba ser llamado, influyó en la historia reciente del poblado de Bahía de Kino.
Bob fue un gran nacionalista, amaba profundamente al país que lo vio nacer –Estados Unidos- y desde su sólida identidad, dio el salto para pertenecer al mundo que lo conoció.
Roberto fue un gran conquistador, pero no como esos personajes que nos trae la historia con el arcabuz en la siniestra y con la “verdad legal” en la diestra deglutiendo a naciones enteras. No, Roberto conquistaba a las personas cuando se ganaba su afecto.
Lo conocí hace ya casi 30 años debajo de un tejabán. Esto de tejabán es un decir, en aquel entonces, el techo de la capilla de la Misión de Guadalupe en Bahía de Kino era de láminas de cartón.
Al terminar la misa se me acerca un gringo tendiéndome la mano; Hola soy Bob Blue, ¿y tú cómo te llamas?
Le di mi nombre, les presenté a Carmen y a mis hijos. Ahí conocimos a Magui: “Soy Margarita, su esposa, ellos son nuestros hijos Angie- Angela y Bar-Bartolo”. Les encantaba ser nombrados en castellano. Tenemos otros tres hijos, Teresa, Scott y Bárbara, ellos viven en Estados Unidos.
Luego prosiguió: ¿A qué te dedicas? y cuando supo mi ocupación: “Ven”, me invitó. Y nos fuimos en su viejo Brasilia a la casa -de cartón- de Gabino para que viera a Manuela, que ya entonces tenía todos los síntomas del “abrazo de la suegra”, la influenza que hoy llamamos estacional.
¡Válgame con estos virus, cuando ya se le incautó, su pariente, el AH1NI llegó igual, para quedarse entre nosotros!

Gran ciudadano

Roberto, por voluntad propia, fue haciéndose mexicano. En la década de los 70, empezó a llegar como los “pájaros de la nieve” en una casa móvil, que instalaba en la “reservación de los americanos” como él llamaba al trailer park que está al fondo de la Calle Mar de Cortez.
Cuando nos conocimos ya había fincado su residencia a la orilla de la playa y los “güeritos” -Angela y Bartolo- iban a la escuela a Kino “Viejo”.
Viajaba seguido a Tucson, donde tenía su compañía Air Conditioned Blue Service.
Pero le gustaba Kino, donde también abundaba el trabajo en los frigoríficos, hielerías, en barcos camaroneros y casas, por lo que tramitó ante la Secretaría de Gobernación el permiso para poder laborar en México.
Bob era técnico profesional en aire acondicionado, lo mismo diseñaba y construía sistemas de ventilación, que reparaba equipos de refrigeración. Era un trabajador incansable. Como patrón no le gustaba tener empleados, no, a sus ayudantes de la nada los convertía en trabajadores expertos en refrigeración, y mientras los instruía en el oficio, mutuamente se enseñaban y aprendían el inglés y el español.
Cierto día me preguntó: “Pepe, ¿qué significa la palabra ‘osiaqui’ no la encuentro en el diccionario”.
No la conozco, debe ser una palabra japonesa como suzuki, le respondí.
No, los muchachos en el trabajo la usan mucho. Me dijo algunas frases con el mentado osiaqui y resultó ser el “o sea que” que tanto usamos.
Como miembro de aquella comunidad era más ciudadano en México que cualquiera de nosotros. No crea que ciudadano es sólo quien vota y tiene derechos y obligaciones en un país.
Esto es lo legal. Pero moralmente, ciudadano es también aquel que cuida primariamente la vida -de los individuos y de la sociedad- del lugar donde vive.
Roberto estaba presente cuando se quemaba una casa de cartón, con la viuda en desgracia, con el desempleado, con el enfermo, con “los pájaros de la nieve”, o con el grupo de sus paisanos que llegaron para quedarse entre nosotros.
Era como el mayor -“meiyor”- perenne del club de los “americanos”, de ellos conseguía financiamiento, ropa, alimentos que llevaba al necesitado, pero no llegaba como un santoclós, sino como un amigo que comparte sus conocimientos.
En este pasar por el tiempo, hará alrededor de 10 ó 12 años, en Denver CO, Bob revisaba unos ductos de aire acondicionado cuando sufrió una caída. Allá lo intervinieron en dos ocasiones, en distintos hospitales y entre inyecciones y transfusiones sanguíneas, le inflamaron el hígado con el virus de la hepatitis C, que al tiempo devino en cirrosis hepática.
Peleó contra los hospitales y sus aseguradoras médicas en la búsqueda del responsable para saber quién le introdujo el maligno virus en su sangre.
No lo encontró. Aparecieron las hinchazones y las cirugías para desviar la circulación abdominal.
Su estado de salud lo forzó a vender su casa en Kino, pero el incansable regresaba a descansar.
Este mayo que pasó, todavía vino a asesorar a Julio y a la viuda de Víctor en la administración y planeación de un proyecto de refrigeración.
“Me gusta Kino Viejo para vivir”, me confió en aquella ocasión.
Entonces, reservó un departamento para pasar con su Margarita este invierno en la tierra de sus amores.
Amores que los definía en una placa que tenía por fuera su casa cuando vivía en el Mar de Cortez. En ella se leía: “Qué más”.
Estas dos palabras fueron su consigna y su signo. Cuando las usaba como interrogación, el “¿qué más?” se convertía en consigna de un mandato por hacer, que el hacedor quería, y lo realizaba.
Con estos quereres, él se fue realizando como una persona de paz.

El ocaso

Este otoño a Roberto lo sorprendió una neumonía en su camino. Su cuerpo cansado de agotó más. Fue cuando el médico que lo atendía le indicó:
“Este invierno no podrás viajar a México”. Bob se entristeció con la noticia. Ahí sus órganos, en cascada se deterioraron rápidamente.
El 13 de octubre de 2009, en Denver CO llegó puntual a su cita.
No quiso flores ni coronas para su funeral, pidió a familiares y amigos que aquel dinero fuera enviado a la Misión de Guadalupe en Bahía de Kino.
Antes de morir rodeado de toda su familia, preguntó ¿qué más le puedo pedir a la vida?
Estoy cansado, pero satisfecho. Estamos todos juntos. Gracias por haberme dado la oportunidad de vivir cerca de ustedes: ¡Qué más!
Hoy los pasos de Robert Francis Blue (1938-2009) laten en la construcción de la historia de un Bahía de Kino mejor. De un mundo mejor.
Mi amigo Roberto descansa en paz. ¡Qué más!

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DATOS DEL COLABORADOR
José Rentería Torres. Médico. Subcomisionado Médico de la Comisión de Arbitraje Médico del Estado de Sonora. Tel. 217-5582-85, e-mail: jo_ret2004@yahoo.com.mx
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