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Desde bebé el ser humano tiene la capacidad de distinguir entre una pieza triste o una alegre
En todas las culturas existe la música, la cual consiste de una secuencia organizada, estructurada y rítmica

El oído es un complejo órgano sensorial que alberga dos sentidos: la audición y el equilibrio.
Los receptores, especializados en la captación de estímulos mecánicos, no sólo permiten detectar los sonidos, sino analizar la posición del cuerpo
El oído en el humano está formado por tres partes: el oído externo, el oído medio y el oído interno. Brevemente, podemos decir que el oído externo, formado por la oreja y el conducto auditivo externo, juega un papel determinante en los rangos de frecuencias audibles y en la detección de la fuente de un sonido.
Mucho se ha discutido acerca del hecho de que las personas que tienen una detección perfecta del tono cuatro tienen una estructura peculiar de la oreja.
En algunos animales, como el búho, las orejas juegan un papel primordial en su capacidad para detectar su posición en relación con un animal que se mueve.
El oído medio está formado por una cámara de resonancia y un conjunto de huesecillos que acoplan el tímpano con la ventana oval.
La función del oído interno es transformar las vibraciones que el sonido produce en el tímpano en desplazamientos del líquido que llena el oído interno.

¿Cómo funciona?

El oído interno es donde se ubica propiamente el órgano de la audición; está formado por la cóclea, que es una estructura de forma espiral formada por las células sensoriales y las células de soporte.
Las células sensoriales especializadas en la detección de las vibraciones mecánicas que constituyen el sonido son las células ciliadas.
La cóclea en el adulto humano tiene una longitud de aproximadamente 34 mil; las células sensoriales forman parte del órgano de Corti, el cual está constituido por alrededor de 16 mil células sensoriales ordenadas en una fila de células cocleares internas y tres de células cocleares externas.
El órgano de Corti se ubica sobre la membrana basilar la cual, debido a un cambio gradual en su ancho y en su grosor, decrementa diez mil veces su rigidez desde la base hasta el ápex de la cóclea.
Esta rigidez diferencial le confiere sus propiedades como analizador de frecuencias.
Las diferencias de presión en los diferentes compartimentos de la cóclea y el flujo de líquido en el interior de este órgano, flexionan la membrana basilar hacia arriba y hacia abajo poniéndola en movimiento de manera similar a como el aire lo hace con una bandera; es lo que llamamos la onda viajera. En un punto específico esta onda tiene un máximo que depende de la frecuencia del sonido.
Los desplazamientos de la membrana basilar hacen que las células ciliadas sean excitadas o inhibidas dependiendo de la dirección del movimiento.
Entre menor es la frecuencia del tono, el máximo desplazamiento de la membrana basilar se produce más cerca del ápex de la cóclea; para frecuencias mayores, el máximo desplazamiento se localiza más cerca de la base de la cóclea.
Conforme un sonido incrementa su amplitud, aumenta la amplitud de la onda viajera en la membrana basilar, incrementándose tanto el número de células ciliadas que se excitan, como la cantidad de impulsos eléctricos en las neuronas que van del oído al cerebro. Los centros cerebrales superiores categorizan
los tonos con base en la región donde se originan las neuronas que se excitan, y las amplitudes según el número de neuronas activas y la intensidad con que éstas descargan.

En tres niveles

En el caso del sistema auditivo está bien documentado que existen interacciones entre el sonido y el órgano receptor las cuales, determinan que se produzcan importantes modificaciones en la amplitud y en otras características del estímulo incidente.
La función primaria del oído es la de convertir un patrón de vibración temporal, que se produce en el tímpano, en una configuración de movimiento –ondulatorio– en el espacio, que se genera en la cóclea (particularmente en la membrana basilar).
La frecuencia de un sonido está representada por el sitio de la cóclea donde se originan las neuronas que éste excita, y su amplitud por la intensidad de la descarga de estas neuronas y también por el número total de neuronas que se activan.
La actividad de las neuronas aferentes es entonces una función de la intensidad y de las magnitudes relativas de las diferentes frecuencias que componen un sonido.
En el procesamiento de la información auditiva, podemos distinguir al menos tres niveles: uno periférico, que hace referencia a la detección de vibraciones sonoras y que se relaciona con el procesamiento al nivel del oído interno; da origen a las sensaciones primarias como el tono y la amplitud.
Un segundo nivel de procesamiento intermedio, que permite detectar las variaciones transitorias en el sonido y su origen, y provee elementos adicionales para la percepción de la cualidad, la identificación del tono y la discriminación de los sonidos.
En el caso de la música, es en este nivel que se percibe el tono de un instrumento, el ataque sonoro, el timbre y el ritmo.
Este procesamiento se lleva a cabo en el tallo cerebral.
Finalmente, un último nivel de análisis fino, en el cual los cambios temporales se procesan en los centros cerebrales superiores de la corteza cerebral, permitiendo detectar los atributos de la información auditiva y, en última instancia, lo que denominamos mensaje auditivo.
Los aspectos más complejos de la música, como la melodía, la armonía, el contrapunto, etc., se integran en este nivel.

Influye el entorno

Conforme ascendemos en este proceso de análisis es más difícil identificar con precisión los procesos fisiológicos que dan origen a la percepción.
A este nivel, el aprendizaje y el entorno cultural tienen una influencia muy importante, así como los estados emocionales del individuo. De hecho, con un cierto entrenamiento, los sujetos pueden precisar si un cierto estímulo es el doble o la mitad, que una unidad de sensación de referencia; así es como se definen los decibeles.
Pero en lo que tiene que ver con atributos abstractos y altamente subjetivos como la melodía, el ritmo, el timbre y la armonía, los juicios simples no sirven, y los atributos perceptuales son complejos y en gran medida dependientes de la experiencia individual.
Un problema intrincado de la neuropsicología contemporánea consiste en definir y entender los procesos mentales que llevan a la percepción de fenómenos tan complejos como la música.
¿Qué es la música? ¿Por qué razón hay sonidos que nos agradan y otros que no? Podemos incluso ir más allá, si consideramos que todos estos procesos dependen de un cierto aprendizaje, y que en todas las culturas existe la música la cual, en sus expresiones más elementales, consiste de una secuencia organizada, estructurada y rítmica, una sucesión y superposición de tonos seleccionados de entre un repertorio limitado de tonos discretos y no tiene un equivalente en la naturaleza.
Es claro, pues, que la música no tiene un significado biológico para el individuo; sin embargo, ciertas secuencias de tonos, superposiciones y sucesiones rítmicas son capaces de modificar nuestro estado de ánimo, inducir malestar, dolor o emociones muy intensas.

Estimula el intelecto

Es probable que la música y el gusto musical sean un subproducto del desarrollo del lenguaje; la capacidad del cerebro para hacer un análisis completo de los estímulos auditivos, percibir el timbre, el tono, el ritmo, etc., tendría su función primaria en la percepción del lenguaje hablado.
Un asunto sumamente interesante es el definir si existen condicionantes fisiológicos que contribuyan a determinar el gusto musical.
Diversas investigaciones han demostrado que la música tiene una beneficiosa influencia en el cerebro del bebé. Estimula su desarrollo intelectual y creativo, además de ayudar a calmarles y a dormir más tranquilos.
Además, un nuevo estudio afirma que a los cinco meses los bebés ya tienen muy buen oído para la música clásica pudiendo distinguir entre piezas alegres o tristes.
Investigadores de la Brigham Young University (Estados Unidos) encontraron que, aunque fueran todavía muy pequeños para hablar, 96 niños de entre 3 y 9 meses reaccionaban diferente a una melodía alegre como la Novena Sinfonía de Beethoven, que a una melodía triste o melancólica como la Séptima Sinfonía del mismo autor.
Las melodías alegres consistían en piezas en tonos mayores con frases cortas o estructuras que se repetían con tiempos y melodías más rápidas, mientras que las tristes eran en tonos menores y melodías más pausadas.
Desde luego, los niños no dejan de asombrarnos. Este tipo de estudios no hacen más que confirmar el gran poder de comunicación emocional que tienen los bebés, que incluso antes de comunicarse con palabras son capaces de procesar información relacionada con los estados de ánimo.
Por su parte, como no son capaces de decirlo con palabras, las expresiones faciales y las conductas corporales de los bebés son las que permiten evaluar las conclusiones del estudio, lo cual indica la importancia que debemos darle al lenguaje gestual de nuestro bebé para llegar a comprender mejor sus emociones.

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DATOS DEL COLABORADOR
Dr. Francisco Javier Muro Dávila. Médico Cirujano. Maestro en Salud Pública Presidente del Colegio Médico de Hermosillo. Tel. (662) 214-1714, 214-4053. e-mail: fj_muro@hotmail.com
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