Todo es posible
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Cualquier persona, aun con limitantes físicas, puede lograr la superación, encontrar sentido a su vida e integrarse a la sociedad
Es necesario aceptar a los demás tal como son y ayudarlos a aprovechar todo su potencial.

Es común que cuando nos enfrentamos a retos que exigen superar la posición donde estamos, y esforzarnos por aprender o realizar algo nuevo y difícil, que nuestros pensamientos se enfoquen negativamente en lo que no podemos hacer y en nuestras limitaciones, en lugar de mirar sólo nuestra potencialidad y deseos de superación que nos acerquen al objetivo deseado.
Frecuentemente, encuentro en mi camino profesional que las respuestas a mis exigencias tanto a los padres como de las mismas personas que viven con una limitación -sea física o mental-, se enfocan en todo aquello que no pueden lograr como consecuencia a su discapacidad:
“Es que mi hijo es discapacitado y le exigen cosas que no puede hacer por su limitación”,
“Es que yo soy especial”
Y no me refiero a un cálculo matemático o una exigencia titánica, sino a situaciones cotidianas que obligan a la persona a avanzar, a no limitarse con lo aprendido y dar un paso más allá en el desarrollo de sus habilidades y destrezas.

Trasmiten frustraciones

Generalmente, la educación que los padres brindamos a nuestros hijos con o sin discapacidad, los encasilla en una imagen derrotista enfocada en el defecto y no en las capacidades.
La visión de un padre que educa sobre el objetivo constante de superar aquello en lo que consiste justamente una discapacidad, en lugar de programar un plan de vida cuyo fin sea encontrar instrumentos que permitan desarrollar las verdaderas habilidades que den al individuo herramientas para salir adelante, son una de las limitaciones más marcadas de quienes nacieron con destrezas ocultas para muchos.
La sabiduría del cuerpo humano, al encontrar la imposibilidad de sanación de una de sus áreas, permite a las otras suplantar o potencializar las funciones del órgano lesionado y realizar su trabajo. Y nosotros, ¿qué damos a nuestros hijos para salir adelante?
Cuando les pregunto a personas con discapacidad qué es lo que ofrecerían a Dios, generalmente me contestan “su cruz”. Muy pocas veces me responden lo positivo, lo que son verdaderamente, lo que en realidad llevan en el corazón sin las heridas que la imagen de discapacidad ha forjado en sus mentes.
Existe mucho sufrimiento en quien piensa que “no es completo” y que Dios no fue justo al traerlo al mundo. Y esta triste forma de pensar es el más falso e injusto reflejo de la imagen que nosotros los padres, con nuestras frustraciones, hemos trasmitido a nuestros hijos.
El orgullo de ser simplemente como uno es no es inculcado por los padres y los hijos son bombardeados por los modelos que la sociedad difunde como perfecto.
Son muy pocos los casos donde vemos que una persona está realmente feliz con lo que tiene y como es, con sus defectos y virtudes.
En las personas con discapacidad física encontramos valiosos ejemplos de superación y realización personal y profesional.
Aquí la persona se siente “marcada” por una deficiencia que no tiene nada que ver con su coeficiente intelectual, una medición sobre los aspectos de inteligencia múltiple.
Muchos padres y profesionales vinculados con la salud mental tienen una visión retrógrada que encierra a la persona en un concepto de limitación no sólo intelectual, sino emocional, psicológica y espiritual.
Las labores desarrolladas en lo cotidiano, sean de tipo familiar u ocupacional, obligan a las personas con trastornos mentales a enfocarse en su limitación cognitiva y marginan las habilidades y variables que le permiten tener motivación y autoestima para aquello que le representa una dificultad que puede ser subsanada con el desarrollo de otras habilidades y destrezas.
“Está ocupadito”, “son como niños”, “es que mi hijo es un joven especial”, “es que él no puede porque tiene problemas mentales”, “no puedes exigirle, pobrecito”.
¡Qué manera de incapacitar a un ser humano! De repetirle desde su diagnóstico que no sirve, que no podrá lograrlo.
Y peor aún, de educarlo como un ser inútil sin responsabilidades, sin la posibilidad de tomar parte de su vida y luchar por ser feliz cuando sus padres no estén.
Son personas criadas y convencidas de que dependerán de alguien como una carga que nadie más que los padres, los omnipotentes padres, quieren mantener sobre sus hombros y sobre la imagen que han forjado de su desvalido hijo.

Con los ojos de Dios

Amar como Dios nos ama y mirarnos como él nos ve, es un camino que no muchos están dispuestos a recorrer pues exige abrir nuevos horizontes y observar, pero sobre todo trabajar incansablemente, sin desfallecer, para que ese ser humano tenga una imagen digna y real de quién quiere y puede llegar a ser. Si educamos hijos con limitaciones mentales (sean especiales o regulares), tendremos una sociedad mediocre y nunca podremos ser lo que debemos ser, pero sobre todo tendremos individuos que luchan por algo, que están seguros no alcanzarán jamás.
Si repetimos con nuestros gestos, palabrasy acciones a nuestros hijos que son inútiles, limitados, tontos, ineptos y reflejamos una imagen de perfección propia que oculta nuestros temores y discapacidades, no nos extrañemos que nuestra población con y sin discapacidad jamás encuentre el justo medio para descubrirse como miembros de una misma familia y comunidad.
Y no esperemos que ese ser a quien amamos, no se convenza de que no logrará jamás alcanzar la imagen de normalidad que nosotros jamás creímos que alcanzaría.
Reformulemos nuestro enfoque y nuestro plan de vida:
¿Para qué servimos?
¿Para qué vinimos al mundo con nuestras limitaciones?
¿Cuál es el plan de Dios en nuestras vidas?
¿Cuál es nuestra misión para hacer un mundo mejor?
En ninguna de las anteriores reflexiones se mencionan las limitaciones que todos poseemos donde la discapacidad más marcada es la de un corazón herido.
Muchos padres y profesionales de la salud tienen una visión retrógrada que encierra a la persona en un concepto de limitación no sólo intelectual, sino emocional, psicológica y espiritual.
Ahora toca elegir en qué parte de la senda queremos caminar, si en la de salir adelante y tomar nuestras vidas en nuestras propias manos y talentos, o en las manos de quienes no creen que lo lograremos.
Dios los bendiga y les dé fuerza para educar a sus hijos y convertirlos en quienes él planeó y no en lo que nosotros y el mundo ha deformado.

Todo sobre: discapacidad - limitaciones - -

DATOS DEL COLABORADOR
Lic. Ana Luisa Molina Gálvez. Psicología del Deporte. Investigadora y entrenadora de atletas especiales. Presidente de la Asociación para el Desarrollo Deportivo de personas del Espectro Autista. Lima, Perú. Tel. (051) 99-923-3534, e-mail: animolinaygino@gmail.com http://deporteyautismo.spaces.live.com
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El contenido de los textos publicados es responsabilidad de nuestros colaboradores, se ofrecen sólo como una guía informativa y nunca deben sustituir la consulta que usted debe hacer a su médico de confianza. No se auto medique, visite periódicamente a su médico. La opinión de nuestros colaboradores no refleja necesariamente nuestra opinión.
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