Necesidad o costumbre
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Algunos dejan de comer porque están hastiados y otros comen de más porque se sienten vacíos
El hábito de comer va cambiando en la medida en que el entorno se transforma.

Se supone que deberíamos de comer cuando tenemos hambre y dejar de comer cuando estamos llenos.
El problema es que el comer no siempre está relacionado con el hambre.
Algunas veces está más relacionado con el sentirse triste o deprimido.
En otras ocasiones, es un tema de rebeldía y/o de intentar ser una “buena” chica o un “buen” chico para las personas que están con nosotros.
Cuando somos pequeños, antes de vernos influidos por los amigos, los padres y los patrones de alimentación impuestos por la sociedad, nuestro cuerpo sabe perfectamente cómo comportarse en lo que se refiere a la comida.
Nos hace saber cuándo toca comer, cuánto necesita comer y cuándo dejar de comer. Naturalmente, eso significa que no debemos preocuparnos por nuestro peso porque sólo comemos lo que necesitamos y después lo quemamos todo, hasta que necesitamos comer de nuevo.
Sin embargo, desafortunadamente, cuando todavía se vive en casa de los papás, no tiene la capacidad de tomar decisiones sobre cuándo comer.
Es entonces cuando uno deja de escuchar los avisos de hambre y en lugar de decidir comer cuando tiene hambre, come cuando lo disponen los padres, la escuela, la sociedad.
A medida que se hace mayor, también se empieza a olvidar la razón por la que comemos, porque la comida comienza a tener significados que poco o nada tienen que ver con el hambre.
Por ejemplo, uno comienza a preguntarse qué puede y qué no puede comer, cómo debe comerlo, y se van adquiriendo unos hábitos sociales que no tienen ninguna relación con los instintivos hábitos de comer.
Es en este punto cuando comer puede comenzar a tener significados negativos relacionados con el peso y la gordura, en lugar de ser algo que sea disfrutable.

Cuestión de emoción

El hambre puede ser emocional y física, dependiendo de las características que delimiten el tipo de ansiedad.
Así, cuando se habla de hambre emocional, ésta es repentina. Hace un minuto ni pensaba en comer y ahora se está “muriendo” de hambre. El hambre va de cero a cien en un breve período de tiempo.
Además, el hambre emocional es de una comida específica. Los antojos, son de un cierto tipo de comida, como chocolates, pastas, o una hamburguesa. Uno siente que necesita comer esa comida en particular. No la podríamos reemplazar con ninguna otra.
Se siente “arriba del cuello” un antojo que se basa en una emoción empieza en la boca y en la mente. Nuestra boca quiere degustar esa pizza, ese chocolate, o esa fritura. Nuestros pensamientos giran constantemente alrededor de esa comida que se desea.
El hambre emocional es urgente. El hambre emocional incita a comer “ya mismo”. Hay un deseo de aliviar el dolor emocional instantáneamente con comida.
Aparece conjuntamente con una emoción que perturba. El jefe nos grita, nuestro hijo tiene problemas en la escuela, nuestra pareja está de mal humor: el hambre emocional ocurre en conjunción con una situación perturbadora.
Implica comer automáticamente o distraídamente. Al comer emocionalmente podemos sentir como que una mano que no es la nuestra nos pusiera cucarachas de helado o de torta en la boca (“comemos automáticamente”). O podemos no darnos cuenta de que acabamos de comernos un paquete entero de galletitas dulces (“comemos distraídamente”).
No cesa aunque el estómago esté lleno. El exceso de comida emocional proviene de un deseo de disimular o encubrir sentimientos de dolor. Uno se llena de comida para amortiguar las emociones que lo perturban y puede volver a servirse una y otra vez, aunque el estómago le duela de tan lleno.
Fomenta la culpa por comer. La paradoja del exceso de comida emocional es que uno come para sentirse mejor y termina llenándose de reproches por comer galletitas dulces, tortas o frituras. Se promete a sí mismo una compensación (“voy a hacer ejercicio, voy a hacer dieta, voy a saltarme comidas”). ¡Pero mañana!

Y cuando es física…

Aparece gradualmente. El estómago empieza a hacer algunos ruidos. Una hora más tarde, gruñe. El hambre física nos da indicios constantes y progresivos de que es hora de comer.
Puede considerar diferentes comidas. Con el hambre física, podemos tener preferencias, pero éstas son flexibles. Estamos abiertos a opciones alternativas.
La sentimos en el estómago. El hambre física se reconoce por las sensaciones en el estómago. Sentimos ruidos, una sensación de vacío, algo que nos roe, retortijones de hambre y hasta dolor.
Es paciente. El hambre física preferiría que comiéramos pronto, pero no nos ordena que comamos en ese mismo instante.
Ocurre por una necesidad física. El hambre física ocurre porque han pasado cuatro o cinco horas desde la última vez que comimos. Si tenemos mucha hambre, podemos sentir poca energía, o nos sentimos mareados y aturdidos.
Implica elecciones deliberadas y conciencia de la comida. Con el hambre física, uno tiene conciencia de la comida que está en su tenedor, en su boca y en su estómago. Uno elige conscientemente comerse todo el sándwich, o sólo la mitad.
Cesa cuando está satisfecha. El hambre física proviene del deseo de nutrir y abastecer de energía al cuerpo. Tan pronto como esa intención ha sido satisfecha, dejamos de comer.
Está basada en el comer como necesidad. Cuando la intención detrás de comer se basa en el hambre física, no sentimos ni culpa ni vergüenza. Nos damos cuenta de que comer, igual que respirar oxígeno, es un ingrediente indispensable de la vida.

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DATOS DEL COLABORADOR
Psic. Olga Lizett González Dominguez. Clínica de Hábitos y Trastornos Alimentarios. Tel. (662) 285-4831.
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