Editorial

Edición: 110

Del cólera a la influenza


Era de esperarse que esta editorial tocara un tema actual presente en todos los medios de comunicación, un tema de moda como lo es la influenza.
De cuando nos enteramos de la epidemia de influenza ha pasado más de un mes (20 de abril de 2009) y en todos los órdenes de salud de este país han adoptado el papel correspondiente.
Las familias se resguardaron en sus casas al igual que el resto de la sociedad civil, las actividades productivas se redujeron o paralizaron, pero al parecer ya han vuelto a la normalidad.
Las cifras de los casos cambian diariamente y a la fecha superan los 10,000 en todo el mundo y el número de países afectados ronda en los 40.
Estas cifras seguramente crecerán, esperando que el número de víctimas fatales no crezca.
Lo importante ahora es aprender que su análisis nos indica que este virus tiene una capacidad de enfermar a personas y una letalidad mucho menor de lo que se esperaba, estos últimos elementos nos posibilitan un mejor control.

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La influenza estacional es una enfermedad respiratoria aguda recurrente y común que se conoce desde la antigüedad y se presenta sobre todo durante los meses de invierno, siempre con elevado impacto en la salud pública del mundo.
Se manifiesta con altas tasas de contagio en individuos de todas las edades y una mortalidad que se aprecia más en niños y adultos mayores de 60 años, enfermos respiratorios crónicos y mujeres embarazadas.

La población en general debe estar alerta a la presencia de los tres signos y síntomas que más frecuentemente se presentan en esta enfermedad: fiebre, tos y dolor de cabeza; menos frecuentes son los dolores musculares, la rinorrea y la conjuntivitis.
Los esfuerzos de nuestras autoridades de salud están dirigidos a detectar oportunamente los casos probables de influenza, diagnosticarlos en forma adecuada y tratarlos tempranamente con la vigilancia de los contactos.

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Sobre los daños que este padecimiento habrá de producirnos, deberán analizarse en el futuro, y me refiero a las pérdidas humanas y a los daños económicos que se evaluarán en los siguientes meses.
Pero observando las cosas con optimismo, prefiero imaginarme a mi país meses y años después de haber superado esta pandemia como una nación más preparada, con una mejor cultura de promoción de la salud.
Quienes fuimos testigos de la epidemia de cólera que azotó sobre todo al sur del país a principios de 1992, pudimos constatar cómo se movilizaron las autoridades de salud de la mano con la sociedad misma y se ejecutaron los cambios necesarios para poder observar años después una disminución notable y sostenida de las tasas de mortalidad por enfermedad diarreica que afectaba a miles de niños mexicanos.
Desde luego que en esto también contribuyó la cultura de la hidratación oral, y recientemente, la vacunación contra el rotavirus.
Una nueva vacuna contra ésta y otras influenzas surgirá a fines de este año, pero la cultura de prevención e higiene deberán perdurar para siempre. Ése es el México que espero.

Dr. Jaime Castillo RamosPresidente de la Federación Médica de Sonora femeson@hmo.megared.net.mx